Una diferencia fundamental  —no sé si la más importante—  entre las buenas y las malas novelas son los personajes. El argumento, el estilo y el ritmo son aspectos que a menudo inclinan la balanza de nuestras preferencias de un lado o de otro sin que casi nos demos cuenta; pero por muy logrado que esté todo lo demás, las novelas quedan ancladas en la memoria, sobre todo, por sus personajes.

No hay que ir muy lejos para poner un ejemplo, basta con acercarnos a la estantería donde duermen los clásicos. ¿Qué tenemos por ahí?  A la altura de la D, encontramos Crimen y Castigo y Los hermanos Karamazov. Están a continuación de Don Quijote y el Lazarillo, y de El Alcalde de Zalamea. ¿Y más allá? El Buscón, Hamlet y  —¡ah, mira!—  Romeo y Julieta.

No hay argumento más sencillo: chico conoce chica, los padres se oponen, su amor es imposible, y ellos prefieren la muerte a vivir sin el otro. Vaya, ¿esto no lo hemos leído antes? Si no, seguro que lo hemos visto en alguna película. Sin embargo, cuando leemos a Shakespeare, reconocemos el valor de lo original, de lo sublime, de lo insuperable. Se han escrito cientos de dramas parecidos, pero ninguno admite parangón con él. En estos dos personajes descubrimos unos rasgos únicos e irrepetibles. Con permiso de Juan Hartzenbusch, no es difícil escribir Los amantes de Teruel; es imposible escribir otro Romeo y Julieta.

Salvando estos casos contados, la literatura está llena de arquetipos. En una novela de aventuras no puede faltar el villano que realza las virtudes del protagonista; y en el teatro del Siglo de Oro  —no sé si por repetición de fórmulas que habían demostrado su éxito anteriormente, o por condescendencia de los autores hacia el pueblo soberano, en la creencia de que su incultura no daba para más—, en el teatro clásico, digo, abundan los arquetipos. Yo diría, incluso, que abundan los estereotipos.

¿Pero cómo no va a haberlos en la literatura si la vida está llena de ellos?  Todos conocemos al gracioso, a la coqueta, al avaro, al ligón… y no son en nada distintos del criado, de la dama, del galán de las comedias de corral. Aunque no haya dos personas iguales, todos tenemos rasgos comunes y comportamientos similares a los de otra gente. Por eso mismo, es casi imposible no crear nuestros personajes a partir de los arquetipos, no replicar en ellos las características que la memoria colectiva del espectador espera encontrar, dotarlos de personalidad propia. Y sin embargo, en literatura, los milagros ocurren a veces, y un escritor nos regala un personaje irrepetible que no surge de ningún arquetipo, sino que él mismo se convierte en uno: un Sancho, un Quijano, un Hamlet, una Julieta…  Disfrutémoslos.

En uno de los coloquios con los Socios que ha organizado Círculo de Lectores, tuve la suerte de contar con la presencia  —entre otros buenos amigos y algunos desconocidos—  de Malén Álvarez, una singular escritora, afincada en Cáceres y profesora de la literatura, que lleva publicadas tres magníficas novelas y un libro de poemas en ciernes.

Malén merece una entrada ella sola, porque su prosa, delicada e intimista, pero al mismo tiempo apasionante, es poesía pura. No sé si yo soy capaz de hacerle justicia, así que otro día con más calma hablaré de El Altozano, de La Cáscara Amarga, o de El Ancho Olvido.

Todo esto viene a cuento de las preguntas que hizo durante el coloquio. En un ambiente distendido  —porque no dejaba de ser el entorno amigable de una charla de café—,  Malén diseccionó cuestiones de mi novela en las que yo difícilmente había caído antes. Su larga experiencia en el análisis de textos y escritores la llevó a preguntar por la forma de construir personajes, por las interrelaciones entre ellos, por las anécdotas reales que habían sido proyectadas dentro de Balada del Pacífico Sur y por los mimbres con los que estaba hecha. Con permiso de algunos otros socios, que también pusieron el listón muy alto, fueron sus preguntas, amables pero incisivas, las que más elevaron el nivel literario del coloquio.
Como me he propuesto no desvelar aquí nada del argumento de la novela, no todo lo que se habló entonces cabe en esta bitácora; pero hay un par de preguntas interesantes que no me resisto a comentar: en concreto, cómo están construidos los personajes, y si comencé a elaborarlos a partir de uno o varios modelos reales o si, por el contrario, nacieron de la nada y fueron creándose según iba escribiendo la novela.

Me consta que Malén, como los estudios y bocetos que hacían los grandes maestros renacentistas de la pintura, guarda en la memoria y en sus notas cientos de imágenes, de sucesos, de historias, de detalles cotidianos y de caracteres que, algún día, pueden convertirse en una novela o en un cuento. Me parece admirable esa capacidad para captar el momento, para recoger la esencia del instante o el rasgo de una persona que puede encajarse dentro de un relato. Sin embargo, no es mi caso.

Mis historias, como mis personajes, nacen de la nada. Supongo que hay algo tras ellos que inspira la idea, pero no es nada evidente; desde luego, no es nada consciente. No puedo decir qué vi o escuché para dar vida a Nikki o a Tami. Creo recordar que en aquel embrión de historia, ni siquiera había mar. Sé cuándo llegó el océano Pacífico: fue la primera vez que navegué, a bordo de un pequeño catamarán, en las maravillosas playas de La Antilla. Mientras aprendía trabajosamente la diferencia entre el foque y la botavara, sentí que aquella historia navegaba conmigo y se hizo un protagonista más.

Soy un contador de historias que surgen sobre la marcha, un story-teller, y los demás personajes se fueron sumando de una forma natural. Aparecieron simplemente, salieron de mi magín sin apenas darme cuenta. Sólo en un caso, y porque así convenía a la trama, adorné a un personaje con características de una persona real; pero lo hice por comodidad, creo, porque me permitía darle una verosimilitud que, de otra forma, habría tenido que trabajarla con mucho tiempo y más trabajo. Aunque a veces, como me decía Malén Álvarez aquella tarde, lo más increíble sea verdad, y lo demás, no sea mentira.

Pensándolo bien, hubo alguna otra excepción: no me inventé a Sinatra, ni a Sammy Davis, ni a Miles Davis; pero me permito el lujo de pensar que los auténticos no habrían actuado de otro modo.

¿Y por qué en el Pacífico Sur? ¿Qué se me ha perdido en la otra punta del mundo?  Aunque también me lo preguntan a menudo, la respuesta no es tan sencilla como colocar las Islas en el mapa. No se puede entender por qué allí, si antes no se explica qué son las Islas o qué representan.

Alguna vez he dicho que Balada del Pacífico Sur se sostiene sobre cuatro columnas: el mar, el jazz, la aventura y la nostalgia. No es  —decía—  una nostalgia amarga, sino una dulce melancolía, como esas baladas de jazz que nos hacen recordar un antiguo amor con una sonrisa en los labios. La nostalgia, a diferencia de la saudade portuguesa, no siempre es triste, aunque en ella siempre hay una punzada de dolor, porque supone evocar algo que ya no se posee: sin pérdida no hay nostalgia.

En Balada del Pacífico Sur hay añoranza por la juventud perdida, por la felicidad de los tiempos pasados, por el primer amor, por la inocencia que hemos dejado atrás…  por el paraíso, en definitiva. Y eso son las Islas, el paraíso, la inocencia que ahora nos resulta tan extraña, esa alegría infantil por cualquier cosa, la ilusión de un lugar fresco y nuevo como la primera mañana del mundo, ese amor que descubrimos por primera vez siendo críos y que nunca volvió a ser igual. «Partir es morir un poco», dicen los franceses, y sólo cuando abandonamos el paraíso nos damos cuenta de ello.

Pero no es necesario hacer una interpretación profunda de las Islas. Si lo pensáis detenidamente, los Mares del Sur lo tienen todo como escenario para la aventura: un océano grande como ningún otro y una raza que durante siglos saltó de isla en isla con barcos de remos, forjando largas dinastías de reyes guerreros; las últimas tierras vírgenes, en las que murieron Magallanes o Cook, el lugar más lejano al que cualquier aventurero podría ir; playas de arena dorada, palmerales, atolones de agua cristalina… Mar, barcos y tifones, azar, tradiciones exóticos, honor y lealtad, inocencia…  ¿dónde podrían vivir Nikki y Tami mejor que en las islas polinesias?

Sin embargo, no creáis que fue un proceso tan racional como lo cuento ahora. En realidad, no fue una elección meditada, en la que sopesaba los pros y contras de cada escenario. De hecho, no fue siquiera una elección: la novela nació ya con sus propios decorados y no permitió ninguna otra alternativa.

Imaginad por un momento que Ghanu fuese, no un rey, sino uno de esos caciques tan abundantes en otro tiempo; y que sus dominios estuvieran en una pequeña isla griega, en Malta, en algún poblado marinero de la costa cantábrica o en el norte de Menorca, en cualquier aldea de la Albufera… No sería lo mismo, ¿verdad? Podríamos mantener el mar, el jazz, la aventura, incluso la nostalgia, pero nos faltaría ese aderezo exótico que tan crucial resulta en este guiso. Entre la historia y el entorno existe una simbiosis que se alimenta mutuamente: sin el paraíso tropical, sin la libertad de sus paisajes, muchos hilos del relato se habrían perdido por otros derroteros, la historia habría sido otra; y seguramente los personajes también habrían sido otros.

Así que no me queda más remedio que confesarlo: no fui yo quien los colocó allí, sino Nikki y Tami quienes por su cuenta, eligieron vivir en el Pacífico Sur. No puedo reprochárselo.

Una de las preguntas más habituales de los lectores de Balada del Pacífico Sur es dónde están las Islas. En realidad, lo que muchos desean preguntar y no acaban de atreverse es si existen realmente.

Responder a esto último siempre me produce una cierta tristeza, porque sería bonito visitar las playas de Kuan, o la laguna negra en el interior del viejo volcán Rakukura. Pero tengo que confesar que no, no existen las Islas. Al menos tal y como se describen en la novela. Algunos pocos detalles son reales, retazos de un viaje al Pacífico realizado hace más de veinte años; otros son reconstrucciones sobre fotografías, documentales y películas; y otros cuantos han sido fruto de mi imaginación.

Tal vez, la respuesta cierta sería “existen, pero no allí”. La casa de los señores Paitai, por ejemplo, no es del todo una invención: cuelga sobre un acantilado en la punta de una rada; y desde ella se ve la luna llena, sacando reflejos de plata en el mar; y uno desearía que el tiempo se detuviese para que no se hundiese en el horizonte, que la noche no acabara nunca para seguir envuelto en un silencio plácido y en olores de jazmines y buganvillas… Sí, sí existe un lugar así, y no está demasiado lejos.

¿Y cómo explicar dónde están, si no existen?  Bueno, tomad el mapa y fijaros en ese laberinto de archipiélagos que se extienden entre el Ecuador y el Trópico de Capricornio. Alguna pista ya tenéis: en las antiguas cartas del Almirantazgo figuraban como Territorio Libre al Este de Kiribati. Pero no os dejéis engañar: aunque hoy la república de Kiribati se ha expandido hacia el Este, incorporando las Islas Fénix y las Christmas, ha perdido el archipiélago de las Elice, un poco más al sur, hoy conocidas como Tuvalu. Así que, si buscáis en un mapa moderno, al este de Kiribati sólo encontraréis las Islas Marquesas y, un poco más al sur, la Polinesia Francesa. En cambio, al este de Tuvalu, al noreste de Samoa y al oeste de las Cook, en ese pequeño vacío de color azul, aunque no figuren sus nombres, hallaréis las Islas y a sus vecinos de Kindi y Farii.

Y ya para acabar:

8.    El caso es que no sé como calificar a Ian Rankin, porque las novelas del inspector Rebus parecen más novela negra que policiaca. Sus novelas encajan en lo que se ha denominado Tartan Noir (en alusión a los cuadros escoceses). Es un tipo duro donde los haya, y lo tiene todo: es borracho, pendenciero, maleducado. Le secunda su niña bonita, la agente Siobhan Clarke, que cada vez más se parece a su maestro: un apestado de la policía de Edimburgo al que todos le tienen ganas, especialmente sus jefes, por ser políticamente incorrecto. La música, rock marginal, es muchas veces la protagonista. De todas las novelas, las mejores son Aguas turbulentas y, especialmente, Resurrección, que es mucho más que una novela negra.

9.    Algo parecido pasa con Philip Kerr, el autor de la trilogía Berlin Noir, que poco a poco ha ido ampliándose. El detective Bernie Gunther, que ha dejado la policía expulsado por los nazis, es de una dureza comparable a la de Philip Marlowe o Sam Spade. Los diálogos son muy ingeniosos (lo increíble es que ningún nazi le rompa los morros por su descaro). La trilogía original (Violetas de Marzo, Pálido Criminal y Requiem Alemán) cubría el ascenso nazi y la postguerra, pero se ha ido ampliando, combinando con flash-backs el Berlín de los años 30 y la Alemania de la postguerra o la Sudamérica de los 50.

10.    Lorenzo Silva, y el sargento Bevilacqua, de la Benemérita cierran la lista, con títulos como El lejano país de los estanques, El Alquimista impaciente o la última, La estrategia del agua. Un dignísimo sucesor de ese preclaro jefe de la policía local de Tomelloso, Plinio, de Francisco García Pavón, que tantos casos resolvió con ayuda del farmacéutico, don Lotario.

Se quedan algunos versos sueltos: El engaño de Selb y La justicia de Selb, de Bernhard Schlink; las novelas del comisario Bordelli de Marco Vichi; o Solo un muerto más, de Ramiro Pinilla. Alguno me dirá que faltan escritores imprescindibles, y seguro que lleva razón. Sin embargo, para gustos los colores; y en este caso, solo uno: el negro.

Sigo con la lista:

4.    De Donna Leon me gustan sus primeros libros, cuando no los escribía con precisión matemática a razón de uno por año y pretendía sólo eso, escribir, y no hacer un best-seller para recaudar fondos con los que financiar su compañía aficionada de ópera. Durante mucho tiempo sus libros no se han traducido al italiano para que las aventuras del comisario Brunetti no la condenaran al ostracismo por parte de sus vecinos venecianos (detalle que por sí solo demuestra que es muy inteligente). Conviene leerlos en orden, aunque no es imprescindible. Los 10 títulos que van desde Muerte en la Fenice a Un mar de problemas son magníficos; a partir de ahí se hacen más estereotipados, un poco más de lo mismo.

5.    Parece inevitable citar a Henning Mankell como digno representante de esa vasta (y a veces insufrible) avalancha de autores nórdicos. Mankell es un poco tripolar: tiene novelas policiacas, novelas para jóvenes y novelas en las que busca el compromiso occidental con el tercer mundo (él vive seis meses al año en África) o pretende ser trascendente (a fin de cuentas, es lo que se espera del yerno de Ingmar Bergman). Dejemos a un lado lo profundo y hablemos de Kurt Wallander, el inspector permanentemente atormentado y enfadado con el mundo. A decir verdad, no sé por qué me gustan las novelas de Wallander, si siempre está angustiado, estresado por una jornada laboral eterna (y eso que los suecos inventaron el estado del bienestar), amustiado por la falta de sol, por el viento, por el frío y la nieve…  En España no se publicaron en el orden en que se escribieron (el editor debió pensar que nunca se vendería una novela policiaca de un sueco) y creo recordar que empezaron con La quinta mujer, que es de los mejores. Mi favorita, sin embargo, no es de Wallander (aunque luego su protagonista se incorpora a las órdenes de él), sino El retorno del profesor de baile. Ante la duda de qué leer de Mankell, cualquiera de estas dos novelas es una buena elección (y a ser posible, evitar El Chino, que es un pastiche insufrible).

6.    Petros Markaris nació en Estambul, pero vive en Atenas, y se nota. Su comisario particular, el teniente Jaritos, sufre los atascos de la capital griega a bordo de un Fiat Supermirafiori con más de veinte años. Noticias de la noche, Defensa cerrada, El accionista mayoritario son tres novelas muy entretenidas y, sobre todo, diferentes a lo que se puede leer normalmente: Kostas Jaritos es un buen policía que tiene que emplear más talento en bregar con su mujer, una madre griega tradicional, que en resolver los crímenes que le asignan. Muerte en Estambul merece mención aparte, porque se nota que Markaris hace un homenaje a su ciudad natal y a todos los griegos que tuvieron que abandonar Estambul de la noche a la mañana. Es un magnífico contrapunto a la novela escandinava de muertes en la nieve.

7.    Veit Heinichen es un caso curioso: es un alemán afincado en Trieste, que hace de esta ciudad y de su situación estratégica entre Italia, Croacia y Eslovenia, la protagonista de sus historias. También lo es el vicequestore Proteo Laurenti, alto cargo de la policía triestina, que combate el crimen organizado que viene del otro lado de la frontera con ciertas dosis de histerismo. Muerte en lista de espera, A cada uno su propia muerte y La larga sombra de la muerte son los tres primeros títulos.

(Continuará)

Hace unas semanas, un amigo me pidió que le recomendara algunas novelas policiacas y preparé una selección de autores. Le advertí de que no había elegido los más famosos o los más vendidos, sino mis autores preferidos (aunque en algún caso pueden coincidir). No sé si por casualidad, desde entonces han sido varias las personas que me han pedido que les reenvíe la lista. Y ahí va:

1.    El primero no puede ser otro: Andrea Camilleri y su maravillosa serie sobre el comisario Montalbano, comilón, un poco gruñón, íntegro y humano como pocos; y con el mejor personaje secundario que conozco, sólo por detrás de Sancho Panza: el guarda Cataré. Las mejores novelas son las primeras: La forma del agua, El perro de terracota, El ladrón de meriendas, La excursión a Tindari… los últimos títulos son tal vez menos sorprendentes, pero igual de amenos. Aunque siempre es mejor leerlos en orden, pueden saltearse perfectamente. Y tampoco hay que olvidarse de los relatos cortos de Montalbano, porque hay en ellos algunas maravillas. Un pequeño aviso: sus novelas no policíacas tienen una carga más política que no gusta a todo el mundo; si alguno se decide, le recomiendo El movimiento del caballo y La ópera de Vigatá, ambientadas a finales del XIX y bastante satíricas. Así que, con todo el merecimiento, Andrea Camilleri se lleva la medalla de oro.

2.    Fred Vargas, una escritora francesa que presenta un París reflejado, como en el callejón del Gato, por espejos de feria. Es maestra en arrancar con situaciones esperpénticas que enganchan la atención: círculos de tiza azul en las calles, marcas extrañas dibujadas en las puertas de las casas, un hueso humano encontrado en la caca de un perro… Y más estrambóticas que las historias, lo son sus personajes: el más conocido es el comisario Adamsberg, aunque fue el último en llegar, un hombre que vive en un estado permanente de apatía e indefinición, pero tremendamente intuitivo, un pequeño canalla al que se le perdonan fácilmente sus pecados. Por otro lado tenemos a los Tres Evangelistas (Mateos, Marcos y Lucas), estudiantes universitarios, pobres como ratas, histriónicos y divertidos, que comparten un edificio con el padre de uno de ellos, y que cuando no se dedican a sus estudios o a buscarse la vida, se enredan en líos y acaban resolviendo cualquier crimen. Y por último, mi favorito, pero ya retirado, Louis Kehlweiler, antiguo funcionario, conocedor de todas las cloacas y comisarías, temido por los dossieres que guarda en ordenadas cajas de cartón. Los personajes de Fred Vargas se entrecruzan a menudo y no es raro que aparezcan los protagonistas de alguna novela como secundarios de otra. De la serie de Adamsberg, las mejores son también las primeras: El hombre de los círculos azules y Huye rápido, vete lejos (Un lugar incierto, la última, me ha gustado menos). De Kehlweiler y los Tres Evangelistas son recomendables todas: Más allá, a la derecha, Sin hogar ni lugar y Que se levanten los muertos. De todas formas, conviene un cierto orden (especialmente con los libros de Adamsberg) al leer sus libros, para no perder la evolución de los personajes ni arruinar ciertas sorpresas.

3.    Cambio total de tercio: Leonardo Padura, escritor cubano que alterna el periodismo, la novela costumbrista e histórica y el ensayo, con la novela policiaca. Su protagonista, Mario Conde, es policía de a pie (no todos pueden ser comisarios) que quiere ser escritor y llevar con la mejor dignidad posible las miserias del régimen cubano. Durante mucho tiempo sólo estaba publicada la tetralogía de las Cuatro Estaciones (Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño), pero recientemente recuperó a Mario Conde  —más adulto, más desengañado, pero tan idealista como siempre—  en su mejor novela: La neblina del ayer  y después en Adiós Hemingway. Es imprescindible leerlos en orden (o, por lo menos, los tres primeros antes que el cuarto y los posteriores), lo que es una pena, porque conozco gente al que se le ha atragantado el estilo y la jerga habanera del primero.

(Continuará)

Me gusta la novela policiaca.

Entre la escritura y la familia  —que bastante abandonada la tengo ya a diario—, no me queda demasiado tiempo para leer. Como a tantos otros, los libros me encuentran cansado y recurro a relatos ligeros. Algunas mañanas, viajando en tren, he aprovechado para sumergirme en tratados profundos: Gibbon, Mommsen, Frazer… o, el otro día, gracias a un afortunado regalo de Lola Ferreira, Shentalinski. Por alguna extraña razón, el ensayo no se me hace pesado yendo hacia la oficina; pero me resulta una losa volviendo de ella. En fin, eso lo dice alguien que ha escrito algunos párrafos de su novela en los atascos de la autopista…

Cuando estoy cansado, nada me relaja tanto como una buena novela policiaca. A diferencia de la novela negra  —un género en el que, a pesar de contar con buenos escritores modernos, no se ha superado la calidad de los clásicos escritos entre 1930 y 1950—, el thriller ha evolucionado, y muy bien, en los últimos años.

Para los no iniciados, aclararé que la novela negra (que en español toma su nombre de la denominación francesa, roman noir, en lugar de hacerlo de la inglesa, hardboiled detective stories) requiere que el protagonista sea un personaje duro, bebedor, cínico, desengañado, con una actitud insolente hacia el poder, atractivo para las mujeres (y, sin embargo, un poco misógino), siempre dispuesto a meterse en líos y a recibir alguna paliza; o a propinarla, si puede elegir. Son novelas negras, por ejemplo, Cosecha Roja, El Agente de la Continental, La Llave de Cristal, El Sueño Eterno, El Largo Adiós… Si tuviéramos que hacer una lista, sin duda coparíamos las mejores diez entre Raymond Chandler y Dashiell Hammett; y si todavía quedara algún hueco, ahí estarían Ross McDonald o James M. Cain para taponando a los autores “noveles”, como James Ellroy o Patricia Highsmith. La novela negra es atemporal: cualquiera de los títulos citados podría ambientarse perfectamente en nuestros días. Los gangster, los políticos corruptos, las mujeres fatales, no han cambiado nada en estos casi ochenta años.

En cambio, la novela policiaca, no envejece tan bien: exceptuando a Agatha Christie (cuando no se plagiaba a sí misma) o a Conan Doyle, que son ya clásicos, los autores del siglo pasado nos pueden resultar ingenuos y casi risibles, porque su originalidad ha dejado de serlo, utilizada y retorcida por los escritores que han llegado después. Hoy, Ellery Queen o S.S. Van Dine, consagrados en su época, son previsibles, si no aburridos. Como decía Bernardo de Chartres de los científicos, los escritores modernos tal vez sean enanos a hombros de gigantes; pero en este caso importa menos de quién sea el mérito y mucho más el entretenimiento final.

En los últimos veinte años se ha producido una renovación del género, tal vez porque excelentes escritores se han recreado en él y lo han dignificado, haciéndole perder su etiqueta de arte menor. Algo ha cambiado si un insigne semiólogo como Umberto Eco, cuando se decide a escribir su primera novela, elige el suspense.

Me gusta la novela policiaca. Así que, si me lo permitís, otro día os cuento mis favoritas.

Todavía conservo en la memoria la primera vez que tuve en mis manos un relato de Tintin. Fueron unas pocas páginas de Las Joyas de la Castafiore, que publicaba por entregas una revista francesa que apareció por mi casa. Durante bastante tiempo fue la última obra de Hergé y  —aunque es la única que transcurre sólo en Moulinsart y tiene un argumento más doméstico que épico—  siempre la he tenido entre mis favoritas. Yo debía tener tal vez cinco o seis años y no paré hasta conseguir el álbum y leer entera la historia.

Desgraciadamente, no queda mucho de todas aquellas primeras ediciones: sólo unos restos  —que custodian celosamente mis padres en su casa para evitar una seria disputa familiar—  y el recuerdo imborrable de haber leído, por primera vez, una aventura extraordinaria, distinta a todo lo que había visto antes (que no era mucho, reconozcámoslo).

Todavía, no con frecuencia, pero sí de vez en cuando, vuelvo a buscar el tesoro de Rackham el Rojo o regreso a Syldavia o me embarco hacia la Luna en un cohete de cuadros blancos y rojos. Es como ver una vieja película en blanco y negro de la que se conocen los gestos de los actores, los diálogos, el momento exacto en el que cambia un plano… y que, sin embargo, se disfruta como la primera vez.
«Somos lo que comemos», dicen los médicos. Y extendiéndolo al espíritu, podríamos decir también: «Somos lo que leemos». Sólo hay que arrepentirse de los malos libros que continuamos leyendo, robándole tiempo a tantos otros que están por descubrir. Así que no hay que avergonzarse de las buenas lecturas infantiles, porque en ellas está el principio de todo: gracias a ellas aparecen Robinson Crusoe y La Isla del Tesoro, y más tarde, emergen Kipling, Conrad, Faulkner, Steinbeck… Afortunadamente, el maestro Savater ha devuelto la dignidad a esos magníficos relatos, que a veces han sido más importantes en nuestra educación que todo un bachillerato.

Entre mis iconos, Tintin representa el valor, el idealismo, la lealtad… pero creo que su huella no habría sido igual sin el capitán Haddock, que es el contrapunto del héroe, ese tío gruñón, con todos sus defectos, que dice lo que no se debe decir y hace lo que no se debe hacer. Nada me ha hecho reír tanto como esos venablos insólitos que lanza a los bereberes en El Cangrejo de las Pinzas de Oro, para acabar dándose el mismo un culatazo con el fusil.

Cualquier día de estos descubriré  —o alguien me hará ver—  que Tami Punkett tiene algo de Tintín. Pero yo, desde luego, de mayor querría ser como el capitán Haddock.

Últimamente me lo preguntan mucho, y aunque ya me lo espere, siempre me quedo en blanco durante un instante.  Me resulta difícil resumir sus 300 páginas en un par de frases, más o menos ingeniosas. Para mí hay muchas cosas dentro de la novela, de ese iceberg que es toda narración, con más calado del que parece. Y supongo, además, que cada lector tiene su propia visión, su interpretación, que no tiene por qué coincidir  —ni ser mejor o peor—  con la mía.

Aunque suene a tópico, los escritos desbordan a los escritores, se rebelan y escabullen, viven su propia vida. Algún psicoanalista dirá que es nuestro subconsciente quien manipula a los personajes, que ese afán suyo de ir por caminos que los autores no deseamos, es en realidad una proyección de nuestro propio “yo”, etcétera. Afortunadamente, hay suficientes ejemplos de que no es así  —o no siempre así—; de manera que me atrevo a decir, sin sentimiento de culpa, no sólo que los personajes tienen vida propia, sino que en algunos casos tienen hasta mala leche: se tuercen y retuercen sin que el autor se dé cuenta hasta que ya ha escrito diez o veinte páginas, y se tiene que preguntar, como hacía Lenantais, en qué lugar se torció todo, dónde se desvió de rumbo.

Todo esto viene a cuento de que, si a veces uno no puede ni domar a sus propios personajes, con menos motivo va a poder sentar cátedra sobre su novela, por mucho que la haya escrito. La virtud de la novela es ser ficción y, como tal, es un fruto de la imaginación del autor que busca excitar la imaginación del lector.

Así que voy a dar mi versión, y advierto de antemano que es muy personal.

Balada del Pacífico Sur es una novela clásica, si por clásica se entiende que busca entretener desde la primera hasta la última página. Escribo lo que me gustaría leer; disfruto contando historias, y por eso tiene un poco de esos relatos que leíamos de críos en las horas de la siesta, mientras hacíamos la digestión y esperábamos permiso para bajar al río o a la playa, o nadar en una alberca: La Isla del Tesoro, La Vuelta al Mundo en 80 días, Los Tigres de Malasia, Los Tres Mosqueteros o Huckleberry Finn, por ejemplo; pero también resuena en ella algo de Kipling, de Conrad o de Jack London  —¿qué escritor no es, siquiera un poco, un Vagabundo de las Estrellas?—.  Por eso, en Balada del Pacífico Sur hay arrecifes de coral y mares de cristal, hay barcos que desafían huracanes, hay pilotos intrépidos, héroes que no saben que lo son, hay traiciones…

Siendo acreedora de las novelas de aventuras, es también una novela sobre la nostalgia, sobre el verdadero paraíso perdido, que es nuestra juventud, y sobre la añoranza que nos producen rememorarla. No es una nostalgia amarga, sino una dulce melancolía, como una balada de jazz que habla de tiempos pasados, de gratos recuerdos, de momentos decisivos…  Es una nostalgia que viene acompañada de una sonrisa.

Naturalmente, Balada del Pacífico Sur es una novela de jazz y de mar; pero yo no creo que sean tanto una línea argumental como dos auténticos personajes, tan reales como Nikki o Tami; invisibles, pero omnipresentes a lo largo de la narración y con vida propia. Ellos, junto con la nostalgia y la aventura, son los pilares de esta historia.

Y otro más sutil y menos apreciado en nuestros tiempos: el valor de la lealtad.