Últimamente me lo preguntan mucho, y aunque ya me lo espere, siempre me quedo en blanco durante un instante.  Me resulta difícil resumir sus 300 páginas en un par de frases, más o menos ingeniosas. Para mí hay muchas cosas dentro de la novela, de ese iceberg que es toda narración, con más calado del que parece. Y supongo, además, que cada lector tiene su propia visión, su interpretación, que no tiene por qué coincidir  —ni ser mejor o peor—  con la mía.

Aunque suene a tópico, los escritos desbordan a los escritores, se rebelan y escabullen, viven su propia vida. Algún psicoanalista dirá que es nuestro subconsciente quien manipula a los personajes, que ese afán suyo de ir por caminos que los autores no deseamos, es en realidad una proyección de nuestro propio “yo”, etcétera. Afortunadamente, hay suficientes ejemplos de que no es así  —o no siempre así—; de manera que me atrevo a decir, sin sentimiento de culpa, no sólo que los personajes tienen vida propia, sino que en algunos casos tienen hasta mala leche: se tuercen y retuercen sin que el autor se dé cuenta hasta que ya ha escrito diez o veinte páginas, y se tiene que preguntar, como hacía Lenantais, en qué lugar se torció todo, dónde se desvió de rumbo.

Todo esto viene a cuento de que, si a veces uno no puede ni domar a sus propios personajes, con menos motivo va a poder sentar cátedra sobre su novela, por mucho que la haya escrito. La virtud de la novela es ser ficción y, como tal, es un fruto de la imaginación del autor que busca excitar la imaginación del lector.

Así que voy a dar mi versión, y advierto de antemano que es muy personal.

Balada del Pacífico Sur es una novela clásica, si por clásica se entiende que busca entretener desde la primera hasta la última página. Escribo lo que me gustaría leer; disfruto contando historias, y por eso tiene un poco de esos relatos que leíamos de críos en las horas de la siesta, mientras hacíamos la digestión y esperábamos permiso para bajar al río o a la playa, o nadar en una alberca: La Isla del Tesoro, La Vuelta al Mundo en 80 días, Los Tigres de Malasia, Los Tres Mosqueteros o Huckleberry Finn, por ejemplo; pero también resuena en ella algo de Kipling, de Conrad o de Jack London  —¿qué escritor no es, siquiera un poco, un Vagabundo de las Estrellas?—.  Por eso, en Balada del Pacífico Sur hay arrecifes de coral y mares de cristal, hay barcos que desafían huracanes, hay pilotos intrépidos, héroes que no saben que lo son, hay traiciones…

Siendo acreedora de las novelas de aventuras, es también una novela sobre la nostalgia, sobre el verdadero paraíso perdido, que es nuestra juventud, y sobre la añoranza que nos producen rememorarla. No es una nostalgia amarga, sino una dulce melancolía, como una balada de jazz que habla de tiempos pasados, de gratos recuerdos, de momentos decisivos…  Es una nostalgia que viene acompañada de una sonrisa.

Naturalmente, Balada del Pacífico Sur es una novela de jazz y de mar; pero yo no creo que sean tanto una línea argumental como dos auténticos personajes, tan reales como Nikki o Tami; invisibles, pero omnipresentes a lo largo de la narración y con vida propia. Ellos, junto con la nostalgia y la aventura, son los pilares de esta historia.

Y otro más sutil y menos apreciado en nuestros tiempos: el valor de la lealtad.

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