Todavía conservo en la memoria la primera vez que tuve en mis manos un relato de Tintin. Fueron unas pocas páginas de Las Joyas de la Castafiore, que publicaba por entregas una revista francesa que apareció por mi casa. Durante bastante tiempo fue la última obra de Hergé y  —aunque es la única que transcurre sólo en Moulinsart y tiene un argumento más doméstico que épico—  siempre la he tenido entre mis favoritas. Yo debía tener tal vez cinco o seis años y no paré hasta conseguir el álbum y leer entera la historia.

Desgraciadamente, no queda mucho de todas aquellas primeras ediciones: sólo unos restos  —que custodian celosamente mis padres en su casa para evitar una seria disputa familiar—  y el recuerdo imborrable de haber leído, por primera vez, una aventura extraordinaria, distinta a todo lo que había visto antes (que no era mucho, reconozcámoslo).

Todavía, no con frecuencia, pero sí de vez en cuando, vuelvo a buscar el tesoro de Rackham el Rojo o regreso a Syldavia o me embarco hacia la Luna en un cohete de cuadros blancos y rojos. Es como ver una vieja película en blanco y negro de la que se conocen los gestos de los actores, los diálogos, el momento exacto en el que cambia un plano… y que, sin embargo, se disfruta como la primera vez.
«Somos lo que comemos», dicen los médicos. Y extendiéndolo al espíritu, podríamos decir también: «Somos lo que leemos». Sólo hay que arrepentirse de los malos libros que continuamos leyendo, robándole tiempo a tantos otros que están por descubrir. Así que no hay que avergonzarse de las buenas lecturas infantiles, porque en ellas está el principio de todo: gracias a ellas aparecen Robinson Crusoe y La Isla del Tesoro, y más tarde, emergen Kipling, Conrad, Faulkner, Steinbeck… Afortunadamente, el maestro Savater ha devuelto la dignidad a esos magníficos relatos, que a veces han sido más importantes en nuestra educación que todo un bachillerato.

Entre mis iconos, Tintin representa el valor, el idealismo, la lealtad… pero creo que su huella no habría sido igual sin el capitán Haddock, que es el contrapunto del héroe, ese tío gruñón, con todos sus defectos, que dice lo que no se debe decir y hace lo que no se debe hacer. Nada me ha hecho reír tanto como esos venablos insólitos que lanza a los bereberes en El Cangrejo de las Pinzas de Oro, para acabar dándose el mismo un culatazo con el fusil.

Cualquier día de estos descubriré  —o alguien me hará ver—  que Tami Punkett tiene algo de Tintín. Pero yo, desde luego, de mayor querría ser como el capitán Haddock.

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