Me gusta la novela policiaca.

Entre la escritura y la familia  —que bastante abandonada la tengo ya a diario—, no me queda demasiado tiempo para leer. Como a tantos otros, los libros me encuentran cansado y recurro a relatos ligeros. Algunas mañanas, viajando en tren, he aprovechado para sumergirme en tratados profundos: Gibbon, Mommsen, Frazer… o, el otro día, gracias a un afortunado regalo de Lola Ferreira, Shentalinski. Por alguna extraña razón, el ensayo no se me hace pesado yendo hacia la oficina; pero me resulta una losa volviendo de ella. En fin, eso lo dice alguien que ha escrito algunos párrafos de su novela en los atascos de la autopista…

Cuando estoy cansado, nada me relaja tanto como una buena novela policiaca. A diferencia de la novela negra  —un género en el que, a pesar de contar con buenos escritores modernos, no se ha superado la calidad de los clásicos escritos entre 1930 y 1950—, el thriller ha evolucionado, y muy bien, en los últimos años.

Para los no iniciados, aclararé que la novela negra (que en español toma su nombre de la denominación francesa, roman noir, en lugar de hacerlo de la inglesa, hardboiled detective stories) requiere que el protagonista sea un personaje duro, bebedor, cínico, desengañado, con una actitud insolente hacia el poder, atractivo para las mujeres (y, sin embargo, un poco misógino), siempre dispuesto a meterse en líos y a recibir alguna paliza; o a propinarla, si puede elegir. Son novelas negras, por ejemplo, Cosecha Roja, El Agente de la Continental, La Llave de Cristal, El Sueño Eterno, El Largo Adiós… Si tuviéramos que hacer una lista, sin duda coparíamos las mejores diez entre Raymond Chandler y Dashiell Hammett; y si todavía quedara algún hueco, ahí estarían Ross McDonald o James M. Cain para taponando a los autores “noveles”, como James Ellroy o Patricia Highsmith. La novela negra es atemporal: cualquiera de los títulos citados podría ambientarse perfectamente en nuestros días. Los gangster, los políticos corruptos, las mujeres fatales, no han cambiado nada en estos casi ochenta años.

En cambio, la novela policiaca, no envejece tan bien: exceptuando a Agatha Christie (cuando no se plagiaba a sí misma) o a Conan Doyle, que son ya clásicos, los autores del siglo pasado nos pueden resultar ingenuos y casi risibles, porque su originalidad ha dejado de serlo, utilizada y retorcida por los escritores que han llegado después. Hoy, Ellery Queen o S.S. Van Dine, consagrados en su época, son previsibles, si no aburridos. Como decía Bernardo de Chartres de los científicos, los escritores modernos tal vez sean enanos a hombros de gigantes; pero en este caso importa menos de quién sea el mérito y mucho más el entretenimiento final.

En los últimos veinte años se ha producido una renovación del género, tal vez porque excelentes escritores se han recreado en él y lo han dignificado, haciéndole perder su etiqueta de arte menor. Algo ha cambiado si un insigne semiólogo como Umberto Eco, cuando se decide a escribir su primera novela, elige el suspense.

Me gusta la novela policiaca. Así que, si me lo permitís, otro día os cuento mis favoritas.

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