Hace unas semanas, un amigo me pidió que le recomendara algunas novelas policiacas y preparé una selección de autores. Le advertí de que no había elegido los más famosos o los más vendidos, sino mis autores preferidos (aunque en algún caso pueden coincidir). No sé si por casualidad, desde entonces han sido varias las personas que me han pedido que les reenvíe la lista. Y ahí va:

1.    El primero no puede ser otro: Andrea Camilleri y su maravillosa serie sobre el comisario Montalbano, comilón, un poco gruñón, íntegro y humano como pocos; y con el mejor personaje secundario que conozco, sólo por detrás de Sancho Panza: el guarda Cataré. Las mejores novelas son las primeras: La forma del agua, El perro de terracota, El ladrón de meriendas, La excursión a Tindari… los últimos títulos son tal vez menos sorprendentes, pero igual de amenos. Aunque siempre es mejor leerlos en orden, pueden saltearse perfectamente. Y tampoco hay que olvidarse de los relatos cortos de Montalbano, porque hay en ellos algunas maravillas. Un pequeño aviso: sus novelas no policíacas tienen una carga más política que no gusta a todo el mundo; si alguno se decide, le recomiendo El movimiento del caballo y La ópera de Vigatá, ambientadas a finales del XIX y bastante satíricas. Así que, con todo el merecimiento, Andrea Camilleri se lleva la medalla de oro.

2.    Fred Vargas, una escritora francesa que presenta un París reflejado, como en el callejón del Gato, por espejos de feria. Es maestra en arrancar con situaciones esperpénticas que enganchan la atención: círculos de tiza azul en las calles, marcas extrañas dibujadas en las puertas de las casas, un hueso humano encontrado en la caca de un perro… Y más estrambóticas que las historias, lo son sus personajes: el más conocido es el comisario Adamsberg, aunque fue el último en llegar, un hombre que vive en un estado permanente de apatía e indefinición, pero tremendamente intuitivo, un pequeño canalla al que se le perdonan fácilmente sus pecados. Por otro lado tenemos a los Tres Evangelistas (Mateos, Marcos y Lucas), estudiantes universitarios, pobres como ratas, histriónicos y divertidos, que comparten un edificio con el padre de uno de ellos, y que cuando no se dedican a sus estudios o a buscarse la vida, se enredan en líos y acaban resolviendo cualquier crimen. Y por último, mi favorito, pero ya retirado, Louis Kehlweiler, antiguo funcionario, conocedor de todas las cloacas y comisarías, temido por los dossieres que guarda en ordenadas cajas de cartón. Los personajes de Fred Vargas se entrecruzan a menudo y no es raro que aparezcan los protagonistas de alguna novela como secundarios de otra. De la serie de Adamsberg, las mejores son también las primeras: El hombre de los círculos azules y Huye rápido, vete lejos (Un lugar incierto, la última, me ha gustado menos). De Kehlweiler y los Tres Evangelistas son recomendables todas: Más allá, a la derecha, Sin hogar ni lugar y Que se levanten los muertos. De todas formas, conviene un cierto orden (especialmente con los libros de Adamsberg) al leer sus libros, para no perder la evolución de los personajes ni arruinar ciertas sorpresas.

3.    Cambio total de tercio: Leonardo Padura, escritor cubano que alterna el periodismo, la novela costumbrista e histórica y el ensayo, con la novela policiaca. Su protagonista, Mario Conde, es policía de a pie (no todos pueden ser comisarios) que quiere ser escritor y llevar con la mejor dignidad posible las miserias del régimen cubano. Durante mucho tiempo sólo estaba publicada la tetralogía de las Cuatro Estaciones (Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño), pero recientemente recuperó a Mario Conde  —más adulto, más desengañado, pero tan idealista como siempre—  en su mejor novela: La neblina del ayer  y después en Adiós Hemingway. Es imprescindible leerlos en orden (o, por lo menos, los tres primeros antes que el cuarto y los posteriores), lo que es una pena, porque conozco gente al que se le ha atragantado el estilo y la jerga habanera del primero.

(Continuará)

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