Sigo con la lista:

4.    De Donna Leon me gustan sus primeros libros, cuando no los escribía con precisión matemática a razón de uno por año y pretendía sólo eso, escribir, y no hacer un best-seller para recaudar fondos con los que financiar su compañía aficionada de ópera. Durante mucho tiempo sus libros no se han traducido al italiano para que las aventuras del comisario Brunetti no la condenaran al ostracismo por parte de sus vecinos venecianos (detalle que por sí solo demuestra que es muy inteligente). Conviene leerlos en orden, aunque no es imprescindible. Los 10 títulos que van desde Muerte en la Fenice a Un mar de problemas son magníficos; a partir de ahí se hacen más estereotipados, un poco más de lo mismo.

5.    Parece inevitable citar a Henning Mankell como digno representante de esa vasta (y a veces insufrible) avalancha de autores nórdicos. Mankell es un poco tripolar: tiene novelas policiacas, novelas para jóvenes y novelas en las que busca el compromiso occidental con el tercer mundo (él vive seis meses al año en África) o pretende ser trascendente (a fin de cuentas, es lo que se espera del yerno de Ingmar Bergman). Dejemos a un lado lo profundo y hablemos de Kurt Wallander, el inspector permanentemente atormentado y enfadado con el mundo. A decir verdad, no sé por qué me gustan las novelas de Wallander, si siempre está angustiado, estresado por una jornada laboral eterna (y eso que los suecos inventaron el estado del bienestar), amustiado por la falta de sol, por el viento, por el frío y la nieve…  En España no se publicaron en el orden en que se escribieron (el editor debió pensar que nunca se vendería una novela policiaca de un sueco) y creo recordar que empezaron con La quinta mujer, que es de los mejores. Mi favorita, sin embargo, no es de Wallander (aunque luego su protagonista se incorpora a las órdenes de él), sino El retorno del profesor de baile. Ante la duda de qué leer de Mankell, cualquiera de estas dos novelas es una buena elección (y a ser posible, evitar El Chino, que es un pastiche insufrible).

6.    Petros Markaris nació en Estambul, pero vive en Atenas, y se nota. Su comisario particular, el teniente Jaritos, sufre los atascos de la capital griega a bordo de un Fiat Supermirafiori con más de veinte años. Noticias de la noche, Defensa cerrada, El accionista mayoritario son tres novelas muy entretenidas y, sobre todo, diferentes a lo que se puede leer normalmente: Kostas Jaritos es un buen policía que tiene que emplear más talento en bregar con su mujer, una madre griega tradicional, que en resolver los crímenes que le asignan. Muerte en Estambul merece mención aparte, porque se nota que Markaris hace un homenaje a su ciudad natal y a todos los griegos que tuvieron que abandonar Estambul de la noche a la mañana. Es un magnífico contrapunto a la novela escandinava de muertes en la nieve.

7.    Veit Heinichen es un caso curioso: es un alemán afincado en Trieste, que hace de esta ciudad y de su situación estratégica entre Italia, Croacia y Eslovenia, la protagonista de sus historias. También lo es el vicequestore Proteo Laurenti, alto cargo de la policía triestina, que combate el crimen organizado que viene del otro lado de la frontera con ciertas dosis de histerismo. Muerte en lista de espera, A cada uno su propia muerte y La larga sombra de la muerte son los tres primeros títulos.

(Continuará)

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