¿Y por qué en el Pacífico Sur? ¿Qué se me ha perdido en la otra punta del mundo?  Aunque también me lo preguntan a menudo, la respuesta no es tan sencilla como colocar las Islas en el mapa. No se puede entender por qué allí, si antes no se explica qué son las Islas o qué representan.

Alguna vez he dicho que Balada del Pacífico Sur se sostiene sobre cuatro columnas: el mar, el jazz, la aventura y la nostalgia. No es  —decía—  una nostalgia amarga, sino una dulce melancolía, como esas baladas de jazz que nos hacen recordar un antiguo amor con una sonrisa en los labios. La nostalgia, a diferencia de la saudade portuguesa, no siempre es triste, aunque en ella siempre hay una punzada de dolor, porque supone evocar algo que ya no se posee: sin pérdida no hay nostalgia.

En Balada del Pacífico Sur hay añoranza por la juventud perdida, por la felicidad de los tiempos pasados, por el primer amor, por la inocencia que hemos dejado atrás…  por el paraíso, en definitiva. Y eso son las Islas, el paraíso, la inocencia que ahora nos resulta tan extraña, esa alegría infantil por cualquier cosa, la ilusión de un lugar fresco y nuevo como la primera mañana del mundo, ese amor que descubrimos por primera vez siendo críos y que nunca volvió a ser igual. «Partir es morir un poco», dicen los franceses, y sólo cuando abandonamos el paraíso nos damos cuenta de ello.

Pero no es necesario hacer una interpretación profunda de las Islas. Si lo pensáis detenidamente, los Mares del Sur lo tienen todo como escenario para la aventura: un océano grande como ningún otro y una raza que durante siglos saltó de isla en isla con barcos de remos, forjando largas dinastías de reyes guerreros; las últimas tierras vírgenes, en las que murieron Magallanes o Cook, el lugar más lejano al que cualquier aventurero podría ir; playas de arena dorada, palmerales, atolones de agua cristalina… Mar, barcos y tifones, azar, tradiciones exóticos, honor y lealtad, inocencia…  ¿dónde podrían vivir Nikki y Tami mejor que en las islas polinesias?

Sin embargo, no creáis que fue un proceso tan racional como lo cuento ahora. En realidad, no fue una elección meditada, en la que sopesaba los pros y contras de cada escenario. De hecho, no fue siquiera una elección: la novela nació ya con sus propios decorados y no permitió ninguna otra alternativa.

Imaginad por un momento que Ghanu fuese, no un rey, sino uno de esos caciques tan abundantes en otro tiempo; y que sus dominios estuvieran en una pequeña isla griega, en Malta, en algún poblado marinero de la costa cantábrica o en el norte de Menorca, en cualquier aldea de la Albufera… No sería lo mismo, ¿verdad? Podríamos mantener el mar, el jazz, la aventura, incluso la nostalgia, pero nos faltaría ese aderezo exótico que tan crucial resulta en este guiso. Entre la historia y el entorno existe una simbiosis que se alimenta mutuamente: sin el paraíso tropical, sin la libertad de sus paisajes, muchos hilos del relato se habrían perdido por otros derroteros, la historia habría sido otra; y seguramente los personajes también habrían sido otros.

Así que no me queda más remedio que confesarlo: no fui yo quien los colocó allí, sino Nikki y Tami quienes por su cuenta, eligieron vivir en el Pacífico Sur. No puedo reprochárselo.

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