En uno de los coloquios con los Socios que ha organizado Círculo de Lectores, tuve la suerte de contar con la presencia  —entre otros buenos amigos y algunos desconocidos—  de Malén Álvarez, una singular escritora, afincada en Cáceres y profesora de la literatura, que lleva publicadas tres magníficas novelas y un libro de poemas en ciernes.

Malén merece una entrada ella sola, porque su prosa, delicada e intimista, pero al mismo tiempo apasionante, es poesía pura. No sé si yo soy capaz de hacerle justicia, así que otro día con más calma hablaré de El Altozano, de La Cáscara Amarga, o de El Ancho Olvido.

Todo esto viene a cuento de las preguntas que hizo durante el coloquio. En un ambiente distendido  —porque no dejaba de ser el entorno amigable de una charla de café—,  Malén diseccionó cuestiones de mi novela en las que yo difícilmente había caído antes. Su larga experiencia en el análisis de textos y escritores la llevó a preguntar por la forma de construir personajes, por las interrelaciones entre ellos, por las anécdotas reales que habían sido proyectadas dentro de Balada del Pacífico Sur y por los mimbres con los que estaba hecha. Con permiso de algunos otros socios, que también pusieron el listón muy alto, fueron sus preguntas, amables pero incisivas, las que más elevaron el nivel literario del coloquio.
Como me he propuesto no desvelar aquí nada del argumento de la novela, no todo lo que se habló entonces cabe en esta bitácora; pero hay un par de preguntas interesantes que no me resisto a comentar: en concreto, cómo están construidos los personajes, y si comencé a elaborarlos a partir de uno o varios modelos reales o si, por el contrario, nacieron de la nada y fueron creándose según iba escribiendo la novela.

Me consta que Malén, como los estudios y bocetos que hacían los grandes maestros renacentistas de la pintura, guarda en la memoria y en sus notas cientos de imágenes, de sucesos, de historias, de detalles cotidianos y de caracteres que, algún día, pueden convertirse en una novela o en un cuento. Me parece admirable esa capacidad para captar el momento, para recoger la esencia del instante o el rasgo de una persona que puede encajarse dentro de un relato. Sin embargo, no es mi caso.

Mis historias, como mis personajes, nacen de la nada. Supongo que hay algo tras ellos que inspira la idea, pero no es nada evidente; desde luego, no es nada consciente. No puedo decir qué vi o escuché para dar vida a Nikki o a Tami. Creo recordar que en aquel embrión de historia, ni siquiera había mar. Sé cuándo llegó el océano Pacífico: fue la primera vez que navegué, a bordo de un pequeño catamarán, en las maravillosas playas de La Antilla. Mientras aprendía trabajosamente la diferencia entre el foque y la botavara, sentí que aquella historia navegaba conmigo y se hizo un protagonista más.

Soy un contador de historias que surgen sobre la marcha, un story-teller, y los demás personajes se fueron sumando de una forma natural. Aparecieron simplemente, salieron de mi magín sin apenas darme cuenta. Sólo en un caso, y porque así convenía a la trama, adorné a un personaje con características de una persona real; pero lo hice por comodidad, creo, porque me permitía darle una verosimilitud que, de otra forma, habría tenido que trabajarla con mucho tiempo y más trabajo. Aunque a veces, como me decía Malén Álvarez aquella tarde, lo más increíble sea verdad, y lo demás, no sea mentira.

Pensándolo bien, hubo alguna otra excepción: no me inventé a Sinatra, ni a Sammy Davis, ni a Miles Davis; pero me permito el lujo de pensar que los auténticos no habrían actuado de otro modo.

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