Una diferencia fundamental  —no sé si la más importante—  entre las buenas y las malas novelas son los personajes. El argumento, el estilo y el ritmo son aspectos que a menudo inclinan la balanza de nuestras preferencias de un lado o de otro sin que casi nos demos cuenta; pero por muy logrado que esté todo lo demás, las novelas quedan ancladas en la memoria, sobre todo, por sus personajes.

No hay que ir muy lejos para poner un ejemplo, basta con acercarnos a la estantería donde duermen los clásicos. ¿Qué tenemos por ahí?  A la altura de la D, encontramos Crimen y Castigo y Los hermanos Karamazov. Están a continuación de Don Quijote y el Lazarillo, y de El Alcalde de Zalamea. ¿Y más allá? El Buscón, Hamlet y  —¡ah, mira!—  Romeo y Julieta.

No hay argumento más sencillo: chico conoce chica, los padres se oponen, su amor es imposible, y ellos prefieren la muerte a vivir sin el otro. Vaya, ¿esto no lo hemos leído antes? Si no, seguro que lo hemos visto en alguna película. Sin embargo, cuando leemos a Shakespeare, reconocemos el valor de lo original, de lo sublime, de lo insuperable. Se han escrito cientos de dramas parecidos, pero ninguno admite parangón con él. En estos dos personajes descubrimos unos rasgos únicos e irrepetibles. Con permiso de Juan Hartzenbusch, no es difícil escribir Los amantes de Teruel; es imposible escribir otro Romeo y Julieta.

Salvando estos casos contados, la literatura está llena de arquetipos. En una novela de aventuras no puede faltar el villano que realza las virtudes del protagonista; y en el teatro del Siglo de Oro  —no sé si por repetición de fórmulas que habían demostrado su éxito anteriormente, o por condescendencia de los autores hacia el pueblo soberano, en la creencia de que su incultura no daba para más—, en el teatro clásico, digo, abundan los arquetipos. Yo diría, incluso, que abundan los estereotipos.

¿Pero cómo no va a haberlos en la literatura si la vida está llena de ellos?  Todos conocemos al gracioso, a la coqueta, al avaro, al ligón… y no son en nada distintos del criado, de la dama, del galán de las comedias de corral. Aunque no haya dos personas iguales, todos tenemos rasgos comunes y comportamientos similares a los de otra gente. Por eso mismo, es casi imposible no crear nuestros personajes a partir de los arquetipos, no replicar en ellos las características que la memoria colectiva del espectador espera encontrar, dotarlos de personalidad propia. Y sin embargo, en literatura, los milagros ocurren a veces, y un escritor nos regala un personaje irrepetible que no surge de ningún arquetipo, sino que él mismo se convierte en uno: un Sancho, un Quijano, un Hamlet, una Julieta…  Disfrutémoslos.

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