Claro que la aventura está a la vuelta de la esquina, pero para escribirla con mayúsculas, no le viene de más un poco de exotismo. Y nada como el Lejano Oriente para dárselo.

Hace algunos años tuve que visitar las Torres Petronas, en Kuala Lumpur. Fueron las más altas del mundo durante algún tiempo, pero la mayoría las conocerá por la película La Trampa, con Catherine Zeta-Jones y Sean Connery. No pudieron escoger mejor escenario. La terraza del último piso da vértigo: los rascacielos vecinos, que a pie de calle parecen monumentales y dignos de Manhattan, quedan muy, muy abajo y parecen asombrosamente pequeños.

Entonces, en los sótanos y túneles de las Torres había millares de obreros  —y seguro que muchos más que no lo eran—  viviendo con sus familias. Aquel submundo por el que nos pasearon tenía sus propias reglas y, según nos contaron, no era lugar para los ingenieros ni para los blancos. ¿Habéis visto esas películas en las que los homeless habitan las alcantarillas? Pues aquello era igual. Había hasta pequeños ríos, porque los musulmanes se lavaban los pies en los lavabos antes de la oración y dejaban correr el agua  —por cierto, que tenía su arte la manera de mantener el equilibrio—. Cuando salimos de allí me sentí como el explorador que deja atrás la selva amazónica.

El ambiente ayuda mucho a la hora de vivir una aventura: el mismo suceso se percibe de forma distinta en Kuala Lumpur o en Viena. Pero más que el exotismo, la aventura necesita, como decía, que haya riesgo e incertidumbre. Dejadme poner un ejemplo.

Después de visitar esas mismas Torres, uno de los ingenieros nos invita a cenar en un restaurante en el otro extremo de la ciudad. Desgraciadamente, a esa hora el tráfico es horrible y no hay ningún taxi disponible, así que el ingeniero decide llevarnos en su motocicleta de 50 cc. Sólo hay un problema: somos tres y hay que hacer dos viajes; y para cuando consiga llevar al primero de nosotros al restaurante y vuelva a por el segundo, ya se habrá hecho de noche, y los alrededores de las Torres no son muy recomendables en la oscuridad. Así que el ingeniero discurre  —¿se acordaba del acertijo del labrador que debe atravesar el río con un lobo, una oveja y una col?—, y propone la siguiente solución: montará a uno de nosotros, le llevará hasta la mitad del trayecto, volverá a por el otro y le dejará donde se quedó el primero, luego llevará a éste al restaurante, volverá a por el segundo, etc… Hasta ahí, todo bien, salvo que el ingeniero, después de haber dejado al primer viajero en una isleta perdida en la mediana de una avenida kilométrica, decide hacer de un tirón el recorrido con el segundo, para economizar tiempo. Y mientras tanto, comienza a oscurecer, y el primer viajero  —que desconoce el cambio de planes—  sigue en su pequeña isleta, lejos de la seguridad de las aceras, sin teléfono móvil, en una ciudad que no conoce, con miles de motoristas que pasan a su alrededor y le gritan algo en un idioma desconocido que suena como «Ñang, tuong, parakang».

¿Veis?  La misma situación en Viena no sería nunca una aventura, pero en Kuala Lumpur, donde las motos atajan metiéndose en las obras y esquivando camiones y maquinaria, y enfilan la salida a todo gas hacia la barrera que les cierra el paso, con la ciega confianza de que un vigilante la levantará con el pie en el último segundo… Eso sí que es una aventura.

La aventura está a la vuelta de la esquina, pero nos suele gustar más a la vuelta de la página.

La aventura de verdad tiene dos ingredientes que, vistos de cerca, no auguran nada bueno: el riesgo y la incertidumbre. En los libros, en cambio, la aventura huele al laurel de la victoria, porque siempre acaba bien.

La aventura no la reconocemos como tal hasta que no ha pasado y nos llevamos un dedo al cuello de la camisa para darle holgura, o soplamos con los ojos abiertos como platos, o se nos escapa algún suspiro teológico. Mientras la vivimos, querríamos que fuese otro  —a ser posible algún indeseable—  el que estuviera en nuestro lugar. Pero el tiempo anestesia la sensación de peligro, el vello erizado en nuestra nuca, el cosquilleo en el vientre; y deja sólo lo insólito, lo extraordinario, el final bienaventurado que tanto orgullo nos hace sentir.  Para que haya aventura no puede haber miedo; al menos no ese miedo irracional que nos hace perder el control y que luego nos resulta tan vergonzoso.

Aventura es la que vivió mi amigo Nacho  —un experimentado buceador que conoce las aguas de los Siete Mares—  cuando intentaba bordear la punta de Sharm-el-Sheikh, en el Mar Rojo. Había una fortísima corriente frontal que sólo conseguía superar a base de un esfuerzo titánico, agarrándose a una roca antes de impulsarse hasta la siguiente. El nivel de aire disminuía  peligrosamente y la situación comenzaba a ser muy comprometida. Y justo cuando consiguió dar la vuelta a la punta, se dio de bruces con un tiburón grande como un autobús. «Menos mal que era un tiburón ballena, porque si llega a ser blanco me come», dice él. Con mucha sangre fría y pericia, salvó la situación y hoy  —sólo cuando los amigos nos ponemos pesados, porque es bastante modesto en sus hazañas—  nos la relata con una sonrisa y esa pizca de satisfacción que la aventura otorga a sus protagonistas con el tiempo.

Sin embargo, no conviene confundir la aventura con inconsciencia. En mi primer viaje a Venezuela no se me ocurrió mejor cosa que ir solo al centro en Metro. Estaba recién inaugurado y los caraqueños me aseguraban, muy ufanos, que era mejor que el de Moscú. Esos mismos caraqueños me llamaron loco cuando les conté que me había montado en él para ir a visitar la Catedral: aparentemente, fue un milagro que pudiera regresar al hotel sin que me asaltaran, robaran o acuchillaran. No fui consciente en ningún momento de estar en peligro, así que no creo que cumpla con los requisitos de la aventura, y seguro que no me dejará en buen lugar cuando se la intente contar a los nietos.

Por lo demás, tampoco hagáis demasiado caso a los que aseguren haber vivido aventuras extraordinarias: conozco a una persona que afirma haber sido «emigrante en un país en guerra», y su único mérito es haber trabajado en Estados Unidos durante la Guerra del Golfo.


Decía en otro sitio  —pero no puedo evitar repetirlo—  que la vida es jazz, o el jazz es vida. A veces se confunden tanto que no es posible saber quién se inspira en quién. En Balada del Pacífico Sur todo es jazz, desde la primera página hasta la última. Si fuese una película, habría escenas luminosas en las que se escucharía a Ella Fitzgerald y momentos de profunda soledad  —asomados como Nikki al abismo de una botella de bourbon—  en los que oiríamos de fondo la voz quebrada de Billie Holiday. El jazz es tan grande que cabe todo, desde las baladas melancólicas de Sarah Vaughan y las canciones brillantes de Louis Amstrong y Duke Ellington, a las interpretaciones más oscuras y difíciles de Charlie Parker o Miles Davis.

Balada del Pacífico Sur nació en un pequeño catamarán mecido al son de standards cantados por todas ellas. Afortunadamente, esas viejas canciones de los años 30 y 40, están siendo recuperados por cantantes actuales que, como Nikki, vindican a las grandes estrellas que las cantaron antes. Escuchar a unas no excluye a las otras; no se trata de comparar ni de elegir, sino de disfrutar con los matices y la variedad que cada artista va aportando a la canción en cada nueva versión.

El mérito de este disco no es mío, sino de Cristina Castro y Bibiana Fernández  —mis verdaderos ángeles de la guarda en esta nueva vida literaria—, del empeño que pusieron para defenderlo y sacarlo adelante, a pesar de lo arriesgado de la idea. A los muchos lectores que han comentado que este es un libro con banda sonora, debo asegurarles que hoy no existiría sin la confianza y tenacidad de ellas.

Aunque no era fácil hacer una selección, Ana Rius y su equipo han hecho un trabajo extraordinario para volcar en el CD el espíritu de esa banda sonora de entre las muchas canciones que escuchaba mientras escribía Balada del Pacífico Sur.  Esa media docena de cantantes  –Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Peggy Lee, Sarah Vaughan, Helen Merrill, Annie Ross—  se funden en una sola voz, la de Nikki, y son los mimbres de los que está hecho este libro.

Sí, ya sé que toda lista es muy personal; pero ésta, desde luego, la hago mía.

Con más frecuencia de la que yo imaginaba, me han preguntado por el cameo de Frank Sinatra en Balada del Pacífico Sur, y tras un par de comentarios, siempre acaba surgiendo una duda: ¿Tan canalla era?  A juzgar por el testimonio de quienes le trataron, seguramente más. Le iba como un guante esa canción suya: «A mi manera». Era capaz de desvivirse por sus amigos y por las causas que a él le parecían justas; y, al mismo tiempo, jurar odio eterno a quienes le contrariaban. Nunca perdonó a Peter Lawford que intimase con Ava Gardner, de la que ya se había separado  —y cuyos devaneos con los toreros españoles le haría proclamar que mientras viviese Franco no habría de visitar España—. Enemigo una vez, enemigo siempre. Y cuando mucho después, Peter Lawford y su mujer, Pat Kennedy, acudieron a un recital suyo, se negó a salir a escena mientras ellos siguieran entre el público.

Dean Martin y Sammy Davis Jr., en cambio, estaban hechos de otra pasta. O sus defectos, que los tendrían, no han tenido tanto eco, apagados por el brillo deslumbrante de Frank Sinatra. Pero ellos tres, junto con Joey Bishop  —y el propio Peter Lawford, mientras duró la relación—  fueron el símbolo de una generación y crearon uno de los iconos de la cultura occidental durante los años 60, un símbolo que sigue vivo en nuestros días: el Rat Pack.

Rat Pack se puede traducir literalmente como “hatajo de ratas”. De sabandijas, diríamos nosotros. La leyenda asegura que el apodo se le ocurrió a Lauren Bacall. Parece que Bogart y algunos amigotes se habían ido a Las Vegas a jugar y beber, como solían, y que su aspecto a la vuelta, después de haber viajado toda la noche en automóvil, no era precisamente aseado. Otros dicen que fue el propio Bogart quien bautizó a sus compañeros de juerga como los Holmby Hills Rat Pack, aludiendo al barrio de Los Ángeles donde vivían Judy Garland y los Bogart, en cuyas casas solían reunirse. En ese grupo se juntaban un buen puñado de Oscars y unas cuantas borracheras: Spencer Tracy, George Cukor, Katherine Hepburn, David Niven, Cary Grant, Rex Harrison… y también Frank Sinatra.

Tras la muerte de Bogart, las revistas rebautizaron como Rat Pack a ese grupo de simpáticos sinvergüenzas que se reunía alrededor de Sinatra: Dean, Peter, Sammy, Joey y sus mascotas: Marilyn Monroe, Shirley McLaine, Juliet Prowse y Angie Dickinson. Ellos nunca se llamaron a sí mismos Rat Pack; preferían denominarse el Clan. En 1960, aprovechando las semanas de rodaje de Ocean’s Eleven (aquí estrenada como «La Cuadrilla de los Once») en Las Vegas, Sinatra y sus amigos actuaron juntos en el casino Sands  —en el que Frank tenía una participación, se dice que cedida por la Mafia—. Emulando a Eisenhower, Krushev y De Gaulle, que esos mismos días se reunían en París, se anunciaron como The Summit (la Cumbre). No era infrecuente que, durante la actuación anunciada de cualquiera de ellos, se presentaran los demás, bebiendo, fumando y haciéndose bromas improvisadas en el escenario. Para el público debía ser una experiencia única: participaba desde su butaca en una fiesta privada, exactamente igual que esas extraordinarias veladas en el club Ciro’s, en el Sunset Strip de Hollywood, uno de esos sitios donde había que ir, para ser visto y ser parte de la jet.

En aquellos años, el mundo era más ingenuo, y los héroes no tenían los pies de barro.


Durante una parte muy importante de la vida, cuando comenzamos a forjar el carácter y creemos en nuestros ideales por encima de todas las cosas, el espíritu se alimenta de aventura. Todos guardamos en un rincón oculto  —a veces con un punto de vergüenza—  las aventuras que leímos de jóvenes y que, en algún momento, fueron nuestro espejo.
Dejando a Tintin a un lado  —porque merece mención aparte—, sólo encuentro una palabra que, ella sola, sin necesidad de mayores explicaciones, contenga todo lo que abarca la aventura: Salgari.
En otros escritores  —Stevenson, Dumas, Defoe, Verne—  podemos encontrar mejor literatura, más profundidad, un estilo más depurado, más imaginación, una referencia moral… pero en Salgari hay, por encima de todo y de todos, aventura.
No estoy seguro de que sus novelas hayan envejecido bien. Hace poco releí unas cuantas páginas de El capitán Tormenta y me parecieron tan apasionantes como antes; pero creo que la juventud de hoy ha perdido el interés por piratas y corsarios y gusta más de magos, vampiros y pokemons.
Sin embargo, nosotros necesitaremos un viejo lobo de mar que nos ayude en esta travesía, y no conozco mejor marino que Catrame, el contramaestre. Le conocí en la primera novela de Salgari que leí, El Buque Maldito, que hoy es un libro ajado y sin pastas, después de haber entretenido a tres generaciones de mi familia.
No hay en él disparos de cañón, ni combates navales, ni piratas exóticos, sino doce historias extraordinarias, dignas de Edgar Allan Poe. Durante doce noches, el viejo Catrame cuenta a la tripulación un suceso insólito ocurrido en alguno de sus muchos viajes, en un tiempo en el que no existía el vapor, cuando los barcos todavía navegaban a vela y las tripulaciones rendían pleitesía al dios del mar al cruzar el Ecuador. Por boca de Catrame oí hablar, por primera vez, del Buque Maldito, de la Campana de los Muertos, de la Cruz de Salomón… Supersticiones y hechos inexplicables que el capitán, hombre moderno y racional, se preocupa de desentrañar al final de cada capítulo con una buena dosis de humor.
Ojalá que cada noche, en cada puerto, podamos leer aventuras como las del viejo Catrame, que despierten nuestra curiosidad y espoleen nuestra imaginación.

Bajo la superficie de Balada del Pacífico Sur hay mucho más de lo que parece a simple vista. Hay, naturalmente, horas de sueño perdido, enmiendas y tachaduras, párrafos y personajes que se han quedado en el camino… pero todo eso  se da por supuesto, como el valor en los soldados. En realidad, me refiero a esos hilos invisibles que sostienen la trama sin que el lector advierta del todo su existencia.

Si en una maquinaria los rodamientos y engranajes trabajan escondidos, en una novela lo hacen el ambiente, el ritmo narrativo, la interrelación y coherencia de los personajes, la acción, los diálogos, la puesta en escena… Esas son las vigas y pilares sobre las que se asienta un relato y, como en un iceberg, ocultan nueve décimas partes de la realidad y apenas dejan entrever una décima parte de imaginación.

La esencia del buen novelista es hacer verosímil una historia fabulada. El arte, el genio, es hacerlo con belleza. Literatura es combinar ambas virtudes, en mayor o menor medida.

Me gusta la coherencia, hacer consistente cada hecho y cada pensamiento con el resto del relato. A veces, media línea, un apunte hecho de pasada, una breve nota de color, precisan de una investigación exhaustiva: ¿Qué avionetas volaban en los años de postguerra? ¿Cuál elegir, de todas ellas? ¿Cuántas millas de autonomía tenia una Piper Cub, qué carga admitía?  Son esos cimientos de realidad  —las playas de Maui, los caprichos de Sinatra, la vieja Pennsylvania Station reconstruida a partir de viejas fotografías—   los juncos con los que se trenza el ambiente y que permiten, como haría un terrón de azúcar con una medicina amarga, que resulten creíbles lugares como Kindi, o las islas Farii, o que el lector acepte sin prejuicios la existencia de un torneo ancestral llamado kabuke.

No es posible separar todo lo verdadero de lo falso. A veces no hay una línea clara que distinga lo real de lo inventado y creo que, como en las revelaciones que el mago hace de sus trucos al final de la actuación, siempre es bueno dejar algo en el tintero. Al lector, si le apetece y ha disfrutado con la novela  —con todas, no sólo ésta—  le corresponde la tarea de buscar esos hilos de realidad y de imaginación que sujetan la trama y construir alrededor sus propios relatos. Creo que merece la pena el desafío.

Espero que no os importe que lo llame así, en lugar de blog. Me gustan las palabras marineras porque están llenas de historia y de significado. Son parte de nuestra herencia, el compendio de un arte que a nuestros antepasados les llevó siglos dominar y que nos legaron orgullosos. Cuando las leo, cuando las uso, siento que estamos honrando su memoria y que también nosotros, se las estamos ofreciendo a las generaciones venideras. Además, a fin de cuentas, estas notas aspiran a ser precisamente eso: un diario de navegación en el que quede registrado lo más relevante de esta singladura, los acontecimientos, los recuerdos, las reflexiones que vayan surgiendo, las pequeñas borrascas y los vientos favorables…

Y espero también que no os importe el tuteo. No es falta de respeto, os lo aseguro, sino una muestra de camaradería con quienes vayan a unirse a esta travesía. En un barco —un barco de amigos, como éste— no hay mucho sitio para miramientos y protocolo, pero nunca deben faltar los buenos modales, el respeto y la tolerancia. Nos tutearemos, pues, como viejos compañeros.

Este es un viaje que comienza en un puerto del Pacífico Sur, no podría ser de otra manera. Imaginad una cala tras una barra de coral, un mar de intenso azul, una playa de arena dorada y grandes palmeras, un pantalán que se adentra en el agua, y nuestro barco, a punto de levar anclas. Podemos llamarlo Pacific Edge, si queréis; o bautizarlo con el nombre que el capitán Lenantais dio a su barco. En realidad, no importa el nombre, sino el viaje.

Nuestra carga: unas cuantas cajas de bourbon, un poco de jazz, una pizca de nostalgia y algo de aventura. O, mejor dicho, mucho de aventura. Porque, más que el mar y la música, ella será la verdadera protagonista de esta navegación. Así que, bienvenidos a bordo, zarpamos.